Estoy harto de escuchar y leer exageraciones relativas al futuro de la IA.
No me refiero a las predicciones sobre los efectos que el uso de dicha herramienta tendrá en el mercado laboral, y sobre el progreso que ella traerá para las más diversas ramas del saber y la creatividad -que sin duda será enorme-, y sobre el manejo de la IA por parte de personas dañinas. Me refiero a los vaticinios de que la IA acabará por volver prescindible a la, llamémosle así, Inteligencia Viva (o Real o Natural).
Creo que la IA nunca dominará a la Inteligencia Viva ni sustituirá a la cultura que nos trajo hasta este punto de la civilización, y ello por la sencilla razón de que nunca logrará reemplazar a los motores primordiales de la Inteligencia Viva, los que hicieron evolucionar a nuestra especie desde sus albores: la intuición, los sentimientos y las emociones. Newton descubrió la ley de gravedad gracias a su intuición acicateada por la caída de una manzana. Fleming descubrió los antibióticos por una intuición resultante de una negligencia suya. Einstein desarrolló sus teorías más por intuiciones que por evidencias. Los principales hechos históricos que configuraron el mundo tal como lo conocemos hoy (el Cristianismo, la Revolución Francesa, las revoluciones en general, etc.) sucedieron al impulso de sentimientos y fueron sostenidos por estos. Las grandes obras de arte surgieron, claro, de sentimientos y emociones.
Y las intuiciones, los sentimientos y las emociones, por definición, se deben exclusivamente a la vida misma. Para comprenderlo, basta con pensar que el complejísimo, insondable e imprevisible universo de factores cuya convergencia los origina sólo cabe, por inconmensurable y perpetuamente fluyente, en la vida, jamás en un almacén de datos, por lo cual las máquinas llegarían a lo sumo a componer y causar en nosotros algo así como unas malas copias de intuiciones, sentimientos o emociones. (Notita literaria: que nadie invoque La invención de Morel para desmentirme. Si bien allí el protagonista siente amor gracias a una máquina, hay que considerar qué circunstancias y condiciones Bioy Casares impuso a su desventurado personaje: fugitivo, aislado y encima escritor, y se sabe que los escritores somos unos pobres fantasiosos muy propensos a enamorarnos de nuestras fantasías, pero aun así el protagonista descubre que cayó en la trampa de un artificio).
Ahora bien, ante lo inabarcable y aleatorio de la vida, ¿no suenan ridículamente petulantes los Elon Musk (por dar un nombre) cuando, con fines publicitarios o por mera soberbia, aseguran que pronto su criatura (su mercancía) adquirirá un espíritu que nos desplazará del lugar que ocupamos en el mundo? ¿Y no parecen unos imbéciles quienes les dan crédito?
Cuando escucho o leo pronósticos tan extremos respecto a la IA siento que sus autores subestiman demasiado a los posibles destinatarios. Como los mercachifles capaces de cometer cualquier payasada para vender lo que venden. Como los fanáticos capaces de proferir cualquier estupidez para favorecer al objeto de su fanatismo.
Entonces creo oír las carcajadas de los dioses que se burlan de aquellos pronósticos. No con desmesura, por supuesto, los dioses siempre guardan un poco de piedad para los humanos, pero se burlan con ganas, de ello no me quedan dudas. Y luego creo advertir que el coro crece y crece, y se me ocurre que quizá se agregan a él algunos de los genios que aportaron maravillas a su posteridad merced a la Inteligencia Viva, al talento puro. Digamos: Aristóteles, Pitágoras, Shakespeare, Cervantes, Mozart, Borges, Leonardo, Fellini… en cuyas risas, debo admitirlo, se percibe bastante menos indulgencia, lo que parece comprensible, pienso, por todo lo que ellos trabajaron, sangraron y sufrieron para legarnos sus obras. Y cuando el coro se vuelve ensordecedor me pregunto si los pronosticadores que lo provocaron, los magnates de la IA y sus acólitos, ya se habrán dado cuenta de su estupidez, ya se habrán empequeñecido cuanto les exige el coro, ya habrán aceptado la gélida sugerencia de modestia y silencio que les hacen sus máquinas.
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José Gabriel Ceballos – Escritor.